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Érase una vez… Esperanza

Por: Ana Luisa Arias Posso
Funcionaria del Área de Pensiones

Cuando Esperanza creció se dio cuenta de una gran realidad, en su ya lejana infancia se había pasado todo el tiempo viajando entre ríos, playas y montañas, mucha agua, mucho verde y enormes rocas como salidas de una arcaica explosión, sin embargo, parecían cuidadosamente ubicadas a lado y lado de esos majestuosos ríos de su natal Chocó, de una forma simétrica y única, las rocas eran tan antiguas que ya tenían en su parte superior palmeras diminutas, las palmeras danzaban al compás de la suave y tibia brisa, fascinantes por demás, eso sin mencionar las cantarinas cascadas que al caer aparatosamente sobre los ríos, lanzaban tiernos susurros que de por sí, eran ya un alimento para el espíritu.

Es fácil, muy fácil dejar que tu volátil imaginación se pierda entre tanta belleza, los charcos profundos y tranquilos, la lluvia que cae sobre los remolinos danzantes, sobre las arenas que inquietas besan y besan el agua cristalina, formando un solo son, cual fascinante sinfonía Beethoveniana, riachuelos que te musitan al oído sin aturdirte, flores silvestres que rebozan de alegría bajo ese cielo azul, gris y blanco.

Cuando Esperanza no andaba por los ríos, estaba en la casona de la carrera tercera, propiedad de sus abuelas en su pueblo natal. Sus padres tomaron la decisión de llevarla a buscar nuevos horizontes, claro, necesario es estudiar, continuar con tu destino, dar pequeños saltos, algunos insospechados, pero no por ello infortunados, al contrario, te dan la oportunidad de continuar sorprendiéndote.

Algún día pensó: “me consta que La Sultana no solo es bella, sino también muy generosa, de eso puedo dar fe, como también me consta que la Atenas Suramericana, como tengo entendido la llamaron algunos de sus más ilustres nativos, conocida por algunos cariñosamente en la jerga popular, como “La Nevera” me roba el aliento y aunque no tiene playas, si tiene unas lindas montañas que la rodean, que puedes pasar horas y horas contemplando desde Transmilenio, camino a tu trabajo o a donde quiera que te dirijas, esa hermosa ciudad que cruzas casi que de lado a lado, literalmente envuelta en árboles, recién duchados, con limpias avenidas, bajo ese hermoso cielo, a veces azul, a veces gris pero no por ello menos sublime, y es que date cuenta amigo, que cada mañana, por gris o nublada que sea, tiene su encanto, que aunque algunas pocas veces no alcanzas a ver el sol, ahí está, ¿quién dice que lo gris, es necesariamente triste? O si no pregúntenle a ese hermoso Arco Iris; de antemano discúlpenme los que no están de a
cuerdo con lo que digo, o más bien con lo que escribo, pero es que definitivamente estoy de acuerdo con ese alguien, no sé quién que alguna vez dijo que todo depende del cristal a través del cual mires la realidad que día a día se te presenta.”

Y a medida que pasa el tiempo, Esperanza va comprendiendo, esta vez desde la comodidad del sofá del FONCEP, a donde la invitaron a celebrar el día del pensionado, que valió la pena dar todo de sí, para satisfacción propia, que la vida es un constante cambio, que todo tiene una razón de ser, que las cotizaciones que desde recursos humanos le dedujeron sagradamente mes a mes de su salario, tenían como fin contribuir a que su vejez fuera más tranquila, no solo por el dinero que oportunamente recibe de su mesada, sino por sentir que pertenece a un bello país que se preocupa porque sus viejos sean más felices.

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